Tomar decisiones de cultivo

Este artículo fue publicado en el Revista Palca nº36. Ver revista completa

En cualquier actividad económica es imprescindible conocer cuál es la situación de partida para tomar las decisiones adecuadas. Para ello se utilizan herramientas de medición, de la misma manera que usamos un termómetro para saber si tenemos fiebre o nos ayudamos de analíticas para conocer nuestro nivel de colesterol.

La utilización de indicadores resulta fundamental para ponderar desde el número de visitantes a una tienda, el índice de desempleo de un país o el consumo de agua por hogar. Incluso existen índices que miden algo tan subjetivo como la felicidad de una nación, para lo que se usa el FNB (Felicidad nacional bruta).

En el caso de la platanera, llama la atención la escasez de herramientas de medición que nos permitan evaluar objetivamente el estado real de una finca, al punto de que las decisiones de cultivo a menudo se toman más por intuición o por el método de “acierto-error” que como resultado de un análisis riguroso de datos objetivos.

Sería, por tanto, conveniente tener herramientas fiables que nos ayuden, de una parte, a averiguar en qué punto se encuentra una explotación, y, de otra, a darnos pistas para saber qué debemos hacer para mejorarla y aumentar su rentabilidad.

Uno de los argumentos esgrimidos para justificar la escasez de indicadores en la platanera tiene que ver con la multitud de variables que influyen en la planta. Y es innegable que la productividad depende de factores como su situación, el tipo de suelo, la calidad del agua o el sistema de riego utilizado. La gran cantidad de parámetros puede dificultar la valoración de la efectividad de, por ejemplo, un fertilizante o el acierto en el método de deshijada. Esa complicación para evaluar la utilidad de un producto a menudo es usada por algunas casas comerciales, que vuelven “loco” al agricultor prometiendo efectos milagrosos, que lo mismo le llenan la piña cuatro semanas antes de lo normal, que le suben diez kilos de peso el racimo. Y todo ello sin ningún ensayo previo mínimamente serio en platanera (los catálogos están llenos de fotos de pimientos y tomates de Almería pero muy pocas veces contienen referencias al plátano).

Cuando se pone una finca en venta, es habitual que la primera pregunta del comprador interesado sea “¿y cuál es el histórico?”. El histórico, la cantidad de referencia que es utilizada para el cálculo de la subvención por pérdida de renta, puede dar una idea de la productividad, pero es peligroso confiar en que ese número nos dirá con exactitud la situación real del cultivo. Diría que tiene más validez como dato económico que agronómico. Porque como bien saben los agricultores, el uso “habilidoso” del reglamento ha permitido “congelar” los históricos, de tal forma que en ocasiones son muy grandes las diferencias entre la cantidad de referencia y la producción real de la explotación.

Desde la experiencia en la gestión de diferentes fincas, en mi opinión estos serían los datos mínimos que deberíamos conocer para saber hasta que punto una explotación puede mejorar sus resultados, desde un enfoque más práctico que académico. Algunos se centran en lo cuantitativo y otros en lo cualitativo.

· La superficie cultivada.

· El número de plantas. En este punto resulta fundamental hacer un recuento del número real de matas. Aquí suele haber sorpresas porque a menudo el agricultor utiliza el número de plantas que se pusieron en un inicio. Con el tiempo, la platanera tiende a “esponjarse” y es muy habitual que la cantidad real de plantas actual sea bastante inferior al teórico.

· La producción total en el año agrícola, entre septiembre y agosto. Este dato es más útil y estable que el comúnmente usado de año natural (enero-diciembre), porque evita la distorsión de producción que se origina entre inviernos fríos o cálidos que retrasan o adelantan la cosecha y generan periodos de muchos kilos seguidos de otros con menos kilos, lo que algunos llaman efecto de “cabeza y cola”.

· Número de piñas cortadas.

· Número de piñas nacidas en la finca. Esta cifra no es demasiado frecuente porque supone dedicar un tiempo a contar los nacimientos, pero sin duda está sobradamente justificado porque, como veremos más adelante, nos ayuda a conocer dónde tenemos las pérdidas.

· El promedio de peso por piña, calculado como la producción total anual/número total de racimos, lo que se suele llamar “promedio a año corrido”. En este punto es importante evitar quedarse con el dato de un corte puntual (normalmente el mejor) o de un mes en concreto. Y un detalle: si obtenemos un 10% de la fruta en el mes de junio, con los bajos pesos habituales en ese mes, la media total del año puede disminuir hasta dos o tres kilos.

· Diferencia entre el número de piñas cortadas y el de matas totales. Esta cifra nos dará una idea de la cantidad de plantas que no son productivas, bien porque no han parido piñas o porque habiéndolo hecho, estas se han perdido en la parcela por caída o maduración.

· Diferencia entre piñas nacidas y número de matas. Con este dato podremos concretar cuántas matas no llegan a dar racimo y, de ese modo, nos ayudará a conocer dónde están las pérdidas. Entre estas tendríamos las caídas por viento antes de parir, las afectadas por picudo, las que se encuentran debajo de muros o zonas sombrías etc.

· Distribución semanal de los cortes. Este dato es muy importante, ya que nos informa de cuál es el ciclo de producción de la finca. Cortar en una época u otra condiciona enormemente la rentabilidad del cultivo. Hay que señalar que los precios de la fruta comercializada de septiembre a diciembre pueden ser hasta un 60-70% superiores a la cortada entre mayo y agosto.

· Calidad de la fruta. La distribución de la clasificación de la fruta en el empaquetado nos dará una idea cómo se están realizando los trabajos en la finca. Los ingresos del agricultor dependen enormemente de la calidad debido al diferencial de precio, cada vez mayor entre categorías, hasta el punto que, en la actual coyuntura de mercado, un porcentaje alto de fruta de segunda categoría, sin duda, ponen en serio riesgo la rentabilidad de una explotación.

· Número de trabajadores de la finca. El ajuste de la mano de obra necesaria en cada momento para tener las tareas al día es vital. El exceso de personal no siempre garantiza el buen estado de la parcela si no se realiza una supervisión adecuada de cuáles son las prioridades en cada etapa del cultivo. Quedarse corto puede ser aún más peligroso.

Y un apunte final. Las virtudes de la materia orgánica están sobradamente estudiadas. Pero no es la panacea para todos los males de la huerta. Desconfíe el cosechero del que le recomienda, como primera medida para mejorar, echarle unos cuantos camiones de estiércol. Este ejerce un efecto efervescente similar al que hace el dopaje con EPO en un atleta: le puede dar una ayuda puntual para una carrera, pero no puede sustituir al entrenamiento diario. El riesgo es que se enmascaran temporalmente problemas más profundos de la finca. Pero si estos son de fondo (un mal riego, una tierra demasiado arcillosa, mal sorribada, etc), pasada su efímera acción “milagrosa”, volverán los quebraderos de cabeza.

Ginés de Haro Brito
Ingeniero Agrónomo

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