El pino en La Palma: el ángel de Jehová

Este artículo fue publicado en el Revista Palca nº35. Ver revista completa

El pino canario es un ángel, esto nadie lo puede negar. Su utilización en la vida diaria del campesino canario fue colosal, pues, sobre todo, su madera, tanto el duramen (parte interior) como su albura (parte exterior), han sido muy empleados. Antes de seguir adelante conviene señalar que la albura es la madera blanca, principalmente en los árboles jóvenes, mientras que el duramen, popularmente conocido como tea, es la parte interior del pino vetusto, muy singular y apreciado en la cultura popular por su alta densidad y durabilidad.

El pino es una alhaja. Sobrevivió en Canarias gracias a su topografía y a su estabilidad climática. Se adapta a superficie escabrosas, fragosas y anfractuosas de las zonas volcánicas, sin embargo no resiste temperaturas bajas como pueden ser las del Roque de Los Muchachos en La Palma o Las Cañadas del Teide en Tenerife. Observamos cuando subimos a dichos lugares como se va achaparrando, hasta una altura en la que ya desaparece. Su presencia es muy rara en zonas bajas cercanas a la costa marina. Debido a su enorme utilización, resistencia al fuego y rápido crecimiento se ha exportado y aclimatado a lugares fuera de las islas: norte de África, Italia, Chipre, Palestina, Israel y Estados Unidos, también en el hemisferio sur, en países como: Australia, Chile y África del Sur. Incluso, se ha intentado implantar en el sur de la Península Ibérica.

El pino canario es una auténtica gema. Su madera no solo se ha utilizado a lo largo de los siglos como útil constructivo: puertas, ventanas, toneles de vino, comederos para el ganado… sino como combustible: su corcho, madera y hoja (el pinillo o pinocha). Nuestros mayores recuerdan usarlos como leña para preparar sus comidas y, en las partes altas, para caldear sus humildes hogares en épocas invernales. El pino era un consuelo para todos, solventaba muchos problemas en amplios sentidos.

El pino es un serafín. El pinillo se utilizó para la cama del ganado, sobre todo vacuno. Evocando nuestra infancia, recordamos como los estercoleros humeaban antes de que el estiércol fuera transportado para el abonado de huertas de distintas plantaciones, principalmente, de plataneras. Era prácticamente el único fertilizante utilizado, lo que evitaba la proliferación de enfermedades hoy lamentablemente tan corrientes. Incluso, se empleaba para rellenar los humildes colchones de la gente menesterosa aunque en este caso era más corriente hacerlo con paja o lana. El problema de esta última era lo muy poco apropiada para épocas calurosas.

El pino es una joya. Se usó en el tratamiento de afecciones respiratorias como la bronquitis y el asma. Su resina, asimismo, se empleó en la eliminación de quistes en una época en que los tratamientos eran muy rudimentarios.

El pino es un arcángel. Se aprovechó como pez o brea para el calafateado de los barcos. Una amplia descripción del proceso de la fabricación de la misma nos la ofrece Gaspar Frutuoso hablando de Cueva de Agua en Garafía, en el siglo XVI. Para mayor información, véanse las páginas 162 y163 de la obra del que en estos momentos les escribe. “Descripción de las Islas Canarias (Capítulos IX al XX del libro I de Saudades da Terra)”.

La totalidad de lo expresado está hoy prácticamente en desuso y obsoleto. Todo ha cambiado radicalmente. Parece que ya el pino ha dejado de ser útil y medra a sus anchas en lugares antes cultivables y muy apreciados. Al contrario de otros árboles madereros canarios como pueden ser el barbusano o el cedro, es de crecimiento rápido y de naturaleza y condición prolífica, lo que hace que su propagación sea rauda y veloz; propiciando que terrenos antes fértiles, feraces y ubérrimos sean hoy dominio de nuestro estimado “Pinus canariensis”. Generalmente, las autoridades y gran parte de la opinión pública se oponen a la explotación forestal, pues su mayor riqueza es el “carozo”, también llamado duramen o tea. Creo que todos estamos de acuerdo en preservar estas reliquias que han sobrevivido a un pasado hostil.

Ahora bien, su rápida propagación lo ha convertido en el ángel o arcángel del Señor o de Jehová, del que nos habla la Biblia. Véanse las dos citas bíblicas: “Aconteció que aquella misma noche salió el ángel de Jehová y mató en el campamento de los asirios a ciento ochenta y cinco mil hombres. A la hora de levantarse por la mañana todo era cuerpos de muertos” (2 Reyes, 19:35). “Y salió el ángel de Jehová y mató a ciento ochenta y cinco mil en el campamento de los asirios; y cuando se levantaron por la mañana, todo era cadáveres” (Isaías, 37: 36). No intentamos ser irreverentes pero de este ángel no sabemos otra cosa sino que fue enviado por Dios para acabar con el ejército del rey asirio Senaquerib. También se conoce a este ser celestial como “el ángel exterminador”. Es decir “ángel”, pero “exterminador”. Considero que con nuestro “Pinus canariensis” pasa exactamente igual.

Estamos hartos de ver y contemplar como nuestros montes arden, causando importantísimos daños materiales; hastiados de oír llantos, clamores y lamentaciones, sobre todo, de la población que vive en contacto con la inmensa masa forestal. Sé que las autoridades sufren pero más lo hacen los que pierden sus cultivos, principalmente viñedos, sus casas e incluso sus vidas. Y “la vida sigue igual” como dice la canción. El monte se quema, el fuego lo arrasa todo, pero luego llueve y el estimado pino, para bien o para mal, se regenera, “bota” pinillo que nadie se preocupa retirar para mantener el lugar limpio por lo que año tras año se genera un potencial incendio, incluso se prohíbe recogerlo. Es parte del patrimonio. Pero yo me pregunto ¿no lo son también los animales: conejos, grajas, aguilillas, u otras plantas que están a su alrededor y que perecen? Por una u otra causa se produce un nuevo incendio y volvemos a las mismas lamentaciones, lloros, destrucción…

El pino canario es un querubín. Estuvo muy enraizado en la cultura canaria, si no véase la cantidad de topónimos que se han recopilado en las Islas: El Pinar, El Pinal, Pinoleris, Pinomocho, Pino Santo, Pinos Altos, Charco del Pino, Pino del la Virgen y El Llano del Pino.

Sobre este último quiero detenerme, pues acaba de quemarse por completo, una extensión de quizá más de diez kilómetros cuadrados. Este lugar, sito en El Paso, según nos muestra el nombre de su topónimo tenía un solo pino, sin embargo hoy, remedando a los Cien Mil Hijos de San Luis, (aquellos franceses que en 1823, pasaron los Pirineos para ayudar a Fernando VII a acabar con el Trienio Liberal e instaurar el Absolutismo) este Llano del Pino debiera llamarse el Llano de los Cien Mil Pinos.

Pedro Nolasco Leal Cruz
Dr. Filología Inglesa
Universidad de La Laguna

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